El PPD y sus raíces históricas: ¿Hacia el cierre de un ciclo político?

  • Domingo Namuncura,  actual Embajador de Chile en Guatemala. Columna de opinión publicada en Diario La Tercera.

El 15 de diciembre de 1987 llegamos unas 200 personas al Círculo Español. En un modesto salón sin gran producción de escena dimos vida al PPD. En un sencillo escenario había una mesa para los que presidirían el evento, entre ellos Ricardo Lagos Escobar. Un grupo de jóvenes sostenía un improvisado lienzo con la simple frase “Ganemos la democracia”. Éramos testigos de un momento relevante de nuestra historia. Con el nacimiento del PPD nos disponíamos a confrontar políticamente a Pinochet por los caminos de una acción política no violenta. Sabíamos que enfrentábamos un recorrido que sería épico para Chile.

Así nació el Partido Por la Democracia: como en el pesebre de Belén (guardando las proporciones). Es decir, de manera humilde; sin fanfarria y cargado de mística, contenido y energía ciudadana. Hacia 1999, el fundador, Ricardo Lagos, ganó la presidencia de la República. En el 2005 el PPD fue la tercera fuerza política con más de un millón y medio de votos y 21 parlamentarios, senadores, alcaldes y concejales. Sin embargo, nuestra presencia en la sociedad civil fue disminuyendo y esto no causó mayor inquietud pues el llamado “poder real” de la política se jugaba en el gobierno  y parlamento, espacios que representaron por mucho tiempo el abrazo entre la transición democrática y la “política de los consensos”.

Entre 1987 y 1999 el PPD fue muy nutritivo. Con fronteras ideológicas amplias y situado en la centro – izquierda los ciudadanos buscaron y encontraron en el PPD, lo que años después buscaron y encontraron en el PRO, con la emergencia imprevista de Marco Enríquez Ominami el 2009 y más recientemente con el Frente Amplio. El PPD durante 12 años representó un relato nuevo y sus figuras y dirigentes eran refulgentes impulsando en el debate nacional temas tabús y concitando enorme adhesión ciudadana. Sus líderes, como algunos ahora, también fueron irreverentes con el orden establecido. A partir de 1999, la administración del poder, el acceso a los medios de prensa, la batalla electoral por mantener los enclaves parlamentarios, de gobierno y municipales fueron minando esa mirada refrescante de la política. De la humildad del acto fundacional pasamos a las grandes producciones de escena, con campañas fuera de serie, y de la relación con el poder surgió ese sello típico de las aristocracias políticas que fueron rotando en el gobierno, parlamento y municipios taponeando a las nuevas generaciones. La élite del PPD se convirtió en una gran administradora de cuotas de poder y se fue perdiendo, esencialmente, esa frescura de lo nuevo.

Esto es un dilema que acontece con todos los partidos. Cuando no se renuevan de verdad, pierden su esencia. Es inevitable. Es como la vida: se nace y se envejece hasta morir. El punto es saber cómo llevar la vida sin perder valores, convicciones y sobre todo sabiduría. Al cumplirse este 15 de diciembre 30 años de existencia, el PPD ya sabe que entró a una edad muy adulta y en veloz tránsito a la tercera edad. Y para sostenerse tendrá que revitalizar su organismo, hacer ejercicio, depurarse, adoptar una dieta saludable, sacudirse el sedentarismo del poder y capitalizar sabiduría y desapego por los oropeles para recuperar la confianza ciudadana. Dicho en clave política: esto significa renovarse o morir. Y todos en el PPD sabemos que lo primero será resultado de una lucha con nuestros propios placeres, dilemas y errores acumulados y no bien resueltos.

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