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Pandemia: Se rompió el mito de la clase media

Por Pablo Silva Cornú, presidente JPPD

En los últimos días se ha hablado bastante sobre las necesidades y urgencia que tiene la “clase media” por los efectos de la pandemia. Pero, con todo lo que pueda implicar el uso de ese término, cabe preguntarse ¿realmente existe una clase media? Más allá de hacer una apología ilustrada acerca del concepto, es fundamental cuestionarse, desde un punto de vista social y político, la existencia o no de dicho segmento social. Y he aquí algunas consideraciones para el debate.

A nuestro juicio, la clase media es tan solo un invento conceptual proveniente del mundo de la economía y usado por el mundo de la política. Cuando hablamos de clase básicamente se trata de un segmento considerable de la sociedad, que tiene ciertas condiciones que producen y reproducen dicha clasificación. Pero la pandemia puso en tela de juicio este concepto citado por casi la totalidad del debate público.

Lo que existe en concreto es una gran masa de personas que, en función de sus oportunidades o imposibilidades, pueden mejorar o empeorar sus condiciones de vida. Un gran segmento social que es absolutamente permeable a las fluctuaciones de los contextos globales o locales. La pandemia del coronavirus puso a muchas personas, sobre todo de esta mentada clase media, en condiciones graves de vulnerabilidad.

Son muchos factores los que influyen en la calidad de vida de estas personas, factores objetivos y subjetivos. La economía tiende generalmente a clasificar, desde un punto de vista socioeconómico, a los grupos sociales. La política tiende a utilizar estos conceptos con objetivos pragmáticos. Es por esto que el contexto actual pone énfasis en volver a cuestionarnos qué comprendemos sobre estas clasificaciones sociales. Replantear lo que hemos venido heredando desde hace años.

Más que una clase media, existe una “clase fluctuante”, que se diferencia considerablemente de los que se posicionan en una clase privilegiada. Ésta última efectivamente tiene elementos endogámicos que le permiten reproducirse en sí misma, desde un punto de vista económico, político y cultural. Es una clase exclusiva y privilegiada, no como la gran mayoría de las y los chilenos, que vive en esta posición de vaivén absoluto ante los cambios vividos, desde las propias dinámicas personales como de las crisis coyunturales.

Algunos ejemplos concretos: muchos profesionales tienen trabajos esporádicos o simplemente no tienen empleo desde meses o años, y que hoy viven en condiciones de riesgo social, sin importar el tipo de título que tenga. Sin embargos, para efectos del registro social de hogares, son considerados casi de clase media alta. Lo mismo ocurre con familias emprendedoras que quizás tuvieron cierta certidumbre económica durante un tiempo, pero bajo la crisis económica vieron afectada profundamente sus ingresos y por consecuencia su calidad de vida.

En suma, me atrevo a señalar que cerca de un 70% de la población chilena, y probablemente una cifra similar en América Latina, se siente parte, desde hace mucho tiempo, de este iluso concepto de la clase media, pero ante la fuerza de los hechos debió salir de esa burbuja: la pandemia logró develar una realidad mucho más cruda, que son millones que viven en una situación de total incertidumbre, con una calidad de vida muy permeable a los cambios sociales y estados de emergencia como se viven hoy.

He aquí un enorme y urgente desafío para analistas, economistas, tecnócratas y políticos, en particular para mejorar la gestión pública. La pandemia rompió el mito de la existencia de esta clase media, pero no esperemos otra crisis de esta envergadura para enmendar el rumbo en las políticas públicas, focalizadas a esta clase social fluctuante y volátil a las crisis.

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