Más política y ciudadanía para hacer avanzar las reformas

Por Antonio Leal

Ello comporta un tipo de gabinete donde la Presidenta, en primera persona, asume el protagonismo social de sus reformas, sin fusibles, sin resguardos, y con un alto nivel de exposición personal.

El tema es cómo hacer avanzar las reformas –especialmente la reforma educacional que toca a una enorme diversidad transversal de intereses– sin que ellas se vean afectadas, en su formulación e implementación, en una baja de su adhesión ciudadana, en un aislamiento social, que naturalmente repercute en el tratamiento político y legislativo de ellas.

Esto implica superar las deficiencias y las incertidumbres existente en la formulación de las reformas, precisar el contenido inequívoco de ellas, mejorar su presentación ante la sociedad, disponer de una capacidad para responder a las inquietudes que surgen en amplios sectores frente a una campaña comunicacional destinada a crear el temor en la ciudadanía de parte de sectores afectados esencialmente por la pérdida de cuotas de poder o de intereses económicos, que, en el caso de la educación, ha garantizado el lucro, en diversos niveles y dimensiones, de un modelo profundamente enraizado que ha hecho de la educación un negocio mercantilista.

Hay que tener presente que la mitad de los colegios existentes en Chile, más de seis mil, son particulares subvencionados y que en ellos se forman dos millones de alumnos con el copago de sus familias, muchas de las cuales consideran este hecho como un logro, como un avance en sus niveles de calidad de vida y, digámoslo, en un estatus distinto frente a una educación pública empobrecida y con bajos estándares de calidad. Un cambio de esta magnitud, donde la reforma a la educación pública es el eje, debe tener presente la subjetividad de sectores de capas medias que han visto mejorados sus niveles económicos y sus aspiraciones justamente en virtud del crecimiento económico y de las políticas de equidad garantizadas en veinte años por los gobiernos de la Concertación.

No me inquieta especialmente la baja porcentual de adhesión a la conducción de la Presidenta Bachelet y el relativo aumento del rechazo a su gestión y a su gobierno que muestran las últimas encuestas, dado que ello se explica por el alto nivel de exposición personal que ha debido desplegar la mandataria enfrentando la campaña opositora pero, sobre todo, por la desaceleración económica que genera incertidumbre y restricción en el consumo de una población ya acostumbrada a mejores niveles de crecimiento. Esto ha ocurrido en diversos gobiernos en Chile y en América Latina, también en Europa, como resultado del impacto del deterioro de la economía mundial especialmente en economías muy abiertas a los vaivenes de la economía mundial.

Me preocupa, sin embargo, el que estas encuestas muestren que el 56% de la población estima que la Reforma Tributaria favorece a los más ricos y que lo mismo sucede con aspectos de la reforma educacional que se comienza a debatir en el Senado. Esto sí es preocupante, porque demuestra que el gobierno y la Nueva Mayoría están perdiendo el debate de las ideas, en un país con alta concentración de los medios de comunicación opositores a las reformas, y donde la derecha política y económica es capaz de tergiversar los contenidos y los beneficios de las reformas sin que se observe una capacidad comunicacional del gobierno y de los partidos de la Nueva Mayoría para contrarrestar dicha campaña.

Me preocupa, sin embargo, el que estas encuestas muestren que el 56% de la población estima que la Reforma Tributaria favorece a los más ricos y que lo mismo sucede con aspectos de la reforma educacional que se comienza a debatir en el Senado. Esto sí es preocupante, porque demuestra que el gobierno y la Nueva Mayoría están perdiendo el debate de las ideas, en un país con alta concentración de los medios de comunicación opositores a las reformas, y donde la derecha política y económica es capaz de tergiversar los contenidos y los beneficios de las reformas sin que se observe una capacidad comunicacional del gobierno y de los partidos de la Nueva Mayoría para contrarrestar dicha campaña.

Por cierto, a ello contribuyen las continuas contradicciones y la falta de claridad respecto de lo que se quiere cambiar en educación, como en otros ámbitos, y la ausencia ya sea de un cronograma claro del timing de cada reforma y de cómo se implementarán, y la Reforma Constitucional es uno de los ejemplos de ello. En lo de fondo, es necesario un relato cultural que permita que la población comprenda cada reforma como parte de un diseño de cambio de una sociedad inspirada en los derechos, en la regulación del Estado, más que en la idea de un Estado subsidiario establecido en la actual Constitución y que permite los abusos y transgresiones a la ley de sectores empresariales diariamente envueltos en escándalos financieros y tributarios.

Falta trabajar las reformas con la ciudadanía que las votó favorablemente en las elecciones presidenciales y un nivel de diálogo social y político donde claramente el gobierno evidencia falencias y donde los ministros que las encabezan aparecen, muchas veces, solos, sin una coordinación adecuada con los movimientos sociales, con los partidos y las bancadas parlamentarias, tanto de gobierno como de oposición.

Hay que tener siempre presente que si bien la mayoría de los chilenos son, en general, partidarios de las reformas, la población ha vivido decenios en una cultura mercantilista, basada en un neoliberalismo extremo que nuestros gobiernos de la Concertación solo lograron aminorar sin tocar su esencia y que esto permea a una población contraria a los abusos del sistema pero preocupada, especialmente en los sectores medios, de preservar determinadas conquistas de bienestar que, como hemos dicho, son frutos de esas políticas correctivas.

Como bien dijo el Presidente Ricardo Lagos en el reciente cuadragésimo Consejo Nacional del PPD, donde yo formulé esta intervención que comento como columna, hay que generar consensos entre nosotros y con los demás, no temer al debate político de ideas, no tratar cualquier diferencia o el disenso, especialmente entre quienes apoyan al gobierno, como una traición, y renunciar a colocar flecos maximalistas a las reformas que muchas veces apuntan más a la forma que al contenido, todo ello sin renunciar a la esencia, al corazón de las reformas estructurales empeñadas ante el país por la Presidenta Bachelet que es definitivamente lo importante.

Sin duda, las reformas estructurales de Bachelet tienen adversarios poderosos y ello era esperable. Frente a la crisis ética y política inmovilizante de la UDI, que aparece dando diariamente explicaciones al país frente a numerosas irregularidades de sus empresarios o a su dudosa relación entre negocios y política, y a la inercia e inconsistencia de un partido como RN, incapaz de romper la burbuja del pasado y jugar un rol más liberal en lo político, es negativo para todos el que frente al vacío político que deja la derecha, sean los gremios empresariales los que asuman el rol de la vocería opositora, ya que con ello desnaturalizan su rol, dejan de ser un factor de diálogo para avanzar, junto al aparato público, en la gran tarea de reactivar la economía y autoestimulan en la población un clima antiempresarial que ellos mismos denuncian, pero al cual contribuyen con desenfreno en estas últimas semanas.

Alguien puede considerar que las reformas planteadas por Bachelet son el mínimo, dado que ellas, desde hace decenios, son parte de las estructuras institucionales y de la forma en que funciona la economía de mercado en las grandes democracias europeas.

Sin embargo, reformar la educación para que ella no sea un negocio sino un derecho que elimine las discriminaciones y genere integración social e igualdad, una Nueva Constitución con legitimidad social y las reformas políticas que generen una democracia participativa y transparente y un país descentralizado, la reforma laboral que termine con el desbalance existente en la relación entre empresarios y trabajadores, la reforma tributaria ya aprobada que en el fondo mejore la regresiva distribución del ingreso básicamente vía la educación, las reformas valóricas y culturales que respeten la diversidad y otorguen más libertad, derechos y autonomía a las personas, una nueva realidad de derechos para los pueblos originarios, son reformas no refundacionales pero sí históricas, que marcarán un nuevo Chile.

Podríamos decir que ellas superan el diseño que la socialdemocracia tuvo en el proyecto de la Tercera Vía de Tony Blair y Anthony Giddens, basada en la generación de oportunidades. Justamente queremos ir, como lo dijo Carolina Tohá en el Consejo PPD, a una política que no se conforme con nivelar la cancha sino que construya una nueva sociedad de derechos.

La dimensión de las reformas requiere de más de los cuatro años del actual gobierno de la Presidenta Bachelet y por ello la Nueva Mayoría debe transformarse en un acuerdo estratégico de largo plazo. Para que esto sea posible se requiere no solo de gran coherencia política de todos para sacar adelante las reformas comprometidas en el Programa del actual gobierno, sino, también, de una clara comprensión respecto de que el valor y la amplitud de la Nueva Mayoría depende de su diversidad social e ideal, lo cual comporta distintas ópticas, que se expresarán con plena legitimidad ahora y mañana, y que deben ser conjugadas en una matriz cultural común. Creo que la idea planteada por el vicepresidente Rodrigo Peñailillo en su intervención en el Consejo del PPD respecto del Humanismo Progresista que representamos como alianza, es el punto de partida para anclar en un ideal común las diversas visiones culturales que la Nueva Mayoría comporta como bloque político y ciudadano.

Aquí no hay un tema de contradicción insuperable entre el PC y la DC. El mejor PC, el de su política histórica, ha buscado por decenios el acuerdo con la DC para sustentar los cambios. La DC es un partido enraizado social e idealmente en la matriz cristiana popular, que es un fuerte componente de la sociedad chilena y es hoy una fuerza de centroizquierda. Quien piense que la DC desaparecerá y que ello puede dar paso a una alianza de mayor purismo reformista, no conoce la historia.

Alguien me ha dicho que así ocurrió en Italia. En Italia no se vino abajo solo la DC sino todo el sistema político y desaparecieron todas las fuerzas que construyeron la República después del fascismo y durante la Guerra Fría. Se salvó el antiguo Partido Comunista que tuvo el coraje y la visión de transformarse en Izquierda Democrática, en el Olivo y después en el actual Partido Democrático que tiene componentes de matriz comunista, socialista, democratacristiana, ambientalista y de derechos civiles y políticos y que hoy gobierna Italia.

Hay que ser claros, sin la DC o sin el PC y los demás partidos de la Nueva Mayoría, ella no existe y por ello el PPD, que fue el inspirador de la Nueva Mayoría para superar a una Concertación que había ya cumplido su rol, debe promover su proyección hacia el futuro, para que Chile pueda continuar con los cambios que hoy abre el gobierno de la Presidenta Bachelet.

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