Le temen a la libertad

Por Alejandro Führer en elquintopoder.cl

Abogan por la libre competencia mientras toleran impávidos la construcción de monopolios que anulan todos los días ese principio. Anhelan un Estado mínimo que intervenga lo menos posible en el país y el ancho imperio del mercado ordene no solo la oferta y demanda en el mundo de los consumidores, sino la convivencia pública y privada de sus ciudadanos. Añoran que el mall climatizado reemplace a la amenazante plaza pública.

Multiplican las opciones de endeudamiento mientras evitan a toda costa reajustar los salarios. Es más fácil pedir un avance en una caja de supermercado que sindicalizarse para exigir un ingreso decente que tenga relación con los incrementos en la productividad a la que todos y todas han contribuido. En las últimas crisis, pierden siempre los mismos, mientras la demanda de artículos de lujo crece en todas las economías del mundo. Se encarecen los alimentos, mientras disminuyen aranceles de soberbios vehículos.

El último emprendimiento es colosal, han comprendido que las crisis globales también pueden ser un “buen negocio”. Esquilman a los estados amenazando con la quiebra y el desempleo para luego privatizar lo que las políticas públicas han debido abandonar para proteger el crecimiento. Exigen prudencia en el gasto fiscal, mientras ponen a salvo sus inversiones. Ellos producen las crisis y al finalizar el ciclo han sacado jugosas utilidades. Es que el dinero nunca duerme, a eso le llaman libre mercado.

No tienen compasión, ni el menor sigilo para cautelar sus privilegios. Prefieren el voluntariado a la política, los independientes a los “individuos ideologizados”; les gusta hacer donaciones pero se resisten a pagar nuevos impuestos. Mientras lanzan el dado de la fortuna, el país profundiza sus desigualdades y un estudiante firma las últimas letras mensualizadas para pagar sus estudios superiores. Definitivamente, prefieren la caridad a la justicia.

Pero su espíritu republicano tiene límites. Con esta democracia que pone en riesgo el orden público comienzan a perder la paciencia. Se inquietan, cavan trincheras, envían señales, el ministro de las finanzas pierde el decoro y advierte: las promesas de mayor igualdad “afectan las inversiones”. Es que el modelo económico que defienden a brazo partido, jamás se ha interrogado acerca de las brechas sociales que genera, ni la enorme concentración de la riqueza que se aglomera en el 10% más rico de la población. “Con la fuerza de la libertad” ellos todos los días siembran una sociedad que genera nuevas exclusiones y una renovada geografía para la pobreza.

 
Es cierto, aparentemente defienden la libertad, pero en realidad solo protegen sus intereses. Le niegan las oportunidades a otros y otras para “tallar su propio destino”, su infinita singularidad, sus anhelos personales de progreso. Han aprendido que los privilegios se conservan evitando interrogarse sobre la suerte de los demás, exacerbando ese individualismo que huye sistemáticamente de la solidaridad y la cooperación. Inventan sofisticados argumentos para evitar que sus fortunas se vean afectadas por estas masivas demandas ciudadanas por más igualdad y derechos. Una democracia así –advierten- pone en riesgo esa paz institucional que tanto progreso le ha dado a nuestro país. Son herméticos y dogmáticos. No quieren comprender que la aguda desigualdad es un obstáculo para la libertad.

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