La derecha: coalición sin nombre

Por Jaime Rubio Palma

El llamado a los cibernautas efectuado por la oposición a participar en esta producción tan sui generis es meramente un despiste, puesto que los actores políticos -UDI, RN, Evópoli y PRI- seguirán siendo parte del elenco principal y no habrá cambio en el texto de la representación. El guión de la puesta en escena, todos los indicios así lo confirman, proseguirá abusando del lenguaje agresivo, reminiscentes con las performances punk, y con una absoluta falta de sensibilidad a la audiencia, demostrando que no están interesados en proponer una nueva visión o estilo que cautive al público, deteriorando aún más la confianza en los actores involucrados en la trama de la colusión entre los negocios y la política, que devienen en conflictos de intereses y fraude al fisco.

La nueva coalición sin nombre, aún para las mentes menos sagaces, es una estrategia de marketing político para desviar la atención del caso Penta que investiga el Ministerio Público, que involucra mayoritariamente a militantes de la UDI y que ha tenido como coralario llevar a la Alianza a su peor aprobación desde que la empresa Adimark realiza estos sondeos de opinión.

La fragilidad programática del nuevo referente, sólo basado en una declaración con “mínimos comunes” y una actitud meramente reactiva al gobierno de la Nueva Mayoría, sin hacer proposiciones para mejorar las reformas en el debate legislativo, sosteniendo una campaña de distorsión y caricaturización respecto de las mismas, postura que necesariamente debe añadirse como otras de las causales de la erosión de la derecha en las encuestas, particularmente la oposición tozuda de la UDI a cualquier agenda de reformas políticas, económicas, laboral y en educación, que tienen como objetivo superar las falencias existentes en esos ámbitos. Es por eso que esta “nueva coalición” continuará siendo percibida como poco fiable para resolver los enormes problemas de desigualdad y los temas cuya resolución están pendientes en Chile: pobreza, salud, educación, innovación productiva, descentralización, participación, mejoramiento urbano, sistema previsional acorde a un país moderno, combatir integralmente la delincuencia y la corrupción en todos los niveles, etcétera.

Es difícil que un sector político movilizado exclusivamente por temores a una agenda transformadora y sin ideas para garantizar derechos básicos a la población pueda presentarse como una alternativa convincente en el próximo ciclo electoral. Es por eso que es cuestionable que este acto inicial escenificado por la Alianza sea suficiente para revertir la compleja situación que enfrenta con este big bang de corrupción como ha sido el Pentagate. Las cifras de las encuestas lo corroboran, por tanto, la autocomplacencia mostrada para fomentar el optimismo en ese sector político puede calificarse como una perturbación política originada exclusivamente por su afán de tener un mejor posicionamiento en las elecciones municipales del 2016 y para poder “volver al gobierno” el año 2017.

La desafección de los ciudadanos y el rechazo hacia los personeros de la derecha, expresada en las últimas encuestas, podría continuar profundizándose si las instancias de resolución de esos partidos no toman medidas tendientes a construir un programa coherente para resolver los problemas acuciantes que afectan a la sociedad chilena, lo que los obliga a sintonizar con los cambios que ha tenido la sociedad, propios de una modernidad que se potencia en la diversidad, la valoración de la tolerancia y el pluralismo.

Sin embargo, este sector político se resiste a una renovación de ideas y a reflexionar sobre los cambios societales, por ejemplo el Acuerdo Unión Civil, asumiendo con una nueva óptica -alejada de la guerra fría- los cambios que están experimentando los países alrededor del mundo y los desafíos que enfrentan para responder a las continuas demandas de sus ciudadanos, como las de enfrentar la desigualdad de ingresos, estimular el crecimiento económico y las medidas regulatorias que esto conlleva para garantizar el medio ambiente y evitar la concentración del PIB en unos pocos multimillonarios. Se niegan, por último, asumir que el Muro de Berlín cayó, como también que la globalización trae consigo cambios culturales, lo mismo que la revolución tecnológica.

Para explicitar lo anterior, solo basta citar al académico y militante de la UDI, Gonzalo Rojas, que reivindica “la autentica refundación que significó hace 40 años el pronunciamiento militar de 1973 y el gobierno consiguiente (Pinochet)”. Y a Domingo Arteaga, vicepresidente de la UDI, que se opone tajantemente a hacer cambios en la declaración de principios de ese partido y se aferra a “las raíces, las que forman el tronco de la UDI”. ¿Concuerdan con esa visión política los comitentes del nuevo referente, o sea, Evópoli y RN?

¿Qué es previsible que ocurra en esta nueva etapa? Probablemente se consolidará la alineación de la Nueva Mayoría con la voluntad reformadora del Gobierno, concordando un discurso y mensaje común para explicitar a la población los beneficios de las reformas, con énfasis en los sectores llamados emergentes. La prioridad debería estar centrada en una mejor gestión para implementar adecuadamente su agenda transformadora.

De la nueva coalición sin nombre, solo resta esperar el final del acto de la obra para conjeturar cómo y cuándo su crisis se resolverá, y en qué sentido lo hará.

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