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Domingo Namuncura fue el primer embajador mapuche de La historia de Chile

Entrevista publicada en Revista del Domingo del Diario “Prensa Libre”,  de Guatemala, domingo 11 de marzo de 2018

Designado por Michelle Bachelet, este defensor de los derechos humanos y de los pueblos indígenas estuvo a cargo de la sede diplomática de Chile en Guatemala

Caracterizado por su amabilidad y entretenida conversación, Domingo Namuncura Serrano estuvo a cargo de la sede diplomática de Chile en nuestro país entre marzo del 2014 hasta hoy, día en que terminan sus funciones. “Me voy enamorado de Guatemala”, expresa, emocionado.

Namuncura fue el primer embajador chileno de raíces mapuches, un pueblo amerindio que hoy habita principalmente al sur de Chile y Argentina y que, históricamente, se distinguió por su combatividad, ya que nunca fueron conquistados hasta la llegada de los españoles, a quienes les resistieron por casi un siglo.

El diplomático, nacido en Valparaíso el 1 de junio de 1952, se tituló en Trabajo Social por la Universidad Católica de esa ciudad. Durante la década de 1980, cuan do aún estaba la dictadura de Augusto Pinochet, fue parte del movimiento de derechos humanos y contribuyó a fundar el Servicio Paz y Justicia de Chile (Serpaj), entidad que se sumó a otro movimiento internacional denominado No Violencia Activa, que presidió el Premio Nobel de la Paz 1980 Adolfo Pérez Esquivel.

En la década de 1990, Namuncura se integró a la política y fue uno de los fundadores del Partido por la Democracia. También trabajó con los presidentes Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en temas de gestión social presidencial, derechos humanos y pueblos indígenas.

En esta entrevista, Namuncura cuenta sobre su familia y costumbres araucanas, su relación laboral con Bachelet y sobre la ayuda que Chile prestó a nuestro país mientras ejerció su cargo diplomático.

Cuénteme sobre su familia.

Mi papá proviene de un linaje mapuche o araucano que se originó hace más de un siglo con el viejo cacique Calfucurá, quien, debido a  la concepción poligámica de nuestro pueblo, tuvo 20 mujeres y 32 hijos, entre ellos Manuel Namuncura, investido gran señor de la Patagonia cuando falleció su  padre.  Luego, Manuel tuvo un hijo bastante enfermizo llamado Ceferino quien fue rescatado por los salesianos de Buenos Aires. Murió a los 19 años y, por su obra en el catolicismo, la gente le empezó a rendir culto. En 1972, el papa Pablo VI lo declaró beato. Hoy, ese familiar lejano está en proceso de canonización.

¿Qué significa su apellido?

En mapudungún, Namuncura quiere decir “pie de piedra” -la connotación es que su familia camina siempre con firmeza -. La toponimia mapuche se inspira en la naturaleza, por eso hay apellidos que, al traducirse significan hijo del Sol, de la Luna o arroyo limpio, por ejemplo.

¿Es numerosa la población indígena de su país?

De 18 millones de chilenos, solo el 10 por ciento lo es. De ellos, el 70 por ciento vive en las áreas urbanas. Respecto de mi padre, como muchos otros, se mudó a Valparaíso alrededor de 1930 en busca de mejores oportunidades.

¿A qué se dedicaban sus  progenitores?

Mi madre era lavandera en un hospital y mi papá obrero de la construcción.

¿Alguna vez se sintió discriminado?

La gente sabía que era “hijo del mapuche”, pero nunca sentí algo violento, al menos durante mi infancia. De todas formas, mi papá me dijo un día: “Nunca se deje humillar; defienda a su gente y  si tiene que pelear,  hágalo”.

¿Cómo cree que la pasaron sus antepasados?

Los primeros migrantes llegados a la ciudad fueron los que más sufrieron -abuelos y papás-, porque muchos no sabían leer ni escribir, ni tampoco hablar español. Por eso ejercieron los trabajos más pesados y peor remunerados. En mi generación tuvimos más acceso a la educación; de esa cuenta, pude completar la enseñanza media y los estudios superiores; incluso, soy el primer  Namuncura en ingresar a la universidad. Nuestros hijos, ahora, ya van con “algo más”, pues forman parte de una masa importante de profesionales. Hoy, por ejemplo, existen alrededor de 25 mil egresados universitarios mapuches.

¿Domina el mapudungun?

Sí, aunque lo comprendo más de lo que puedo hablar.

¿Los araucanos están orgullosos de serlo?

Ahora hay más sentido de pertenencia; existe una especie de resurgimiento de la cultura y tradición ancestral, y eso es perceptible entre los niños, ya que se preocupan más por conocer sus raíces. Antes, en cambio, nos limitábamos a hablar mapudungún en casa, ya que nuestros padres no querían que nos discriminaran por nuestro idioma.

¿Qué significa para usted haber sido el primer embajador mapuche?

Es algo grande no solo en lo personal, sino también para mi gente, pues en la historia de Chile, de mil 500 embajadores que han sido nombrados, soy el primero de ese pueblo indígena. Para un sector araucano, sin embargo, desempeñar un cargo del Estado es lo mismo que ayudar a un ente colonial; en parte tiene razón, ya que falta mucho para que la sociedad chilena sea considerada pluricultural. Otros, en cambio, han reconocido mi trayectoria en instituciones de derechos humanos y políticos.

Michelle Bachelet, hasta hoy presidenta de Chile, lo designó embajador de su país en Guatemala. ¿Cómo la conoció?

Éramos vecinos, pero hay toda una historia detrás de eso. Su papá, el general Alberto Bachelet, se opuso a la dictadura de Augusto Pinochet y murió en “extrañas circunstancias”. Como consecuencia del golpe militar, en 1973, Michelle y su mamá, Ángela Jeria, se exiliaron en Alemania. Al regresar a  Chile, en 1979, ambas compraron una casa de dos pisos en un barrio de clase media localizado en Santiago, la capital. En esos tiempos yo también estaba buscando una vivienda y, casualmente, me recomendaron el mismo lugar. Fue así que nos conocimos, pero luego fuimos coincidiendo en  cuestiones laborales.

¿A qué se dedicaba ella en ese tiempo?

Era  pediatra  y  trabajaba en la Fundación de Protección a la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia, mientras que yo estaba en el movimiento de derechos humanos Servicio Paz y Justicia de Chile (Serpaj).

De esos años recuerdo haberla visto varias veces como una típica ama de casa, regando el pasto del jardín o arreglando las plantas. Ahí nos poníamos a hablar y, un día, en broma, le pregunté: “¿Michelle, te gustaría ser la primera mujer presidenta de Chile?”, a lo que me contestó: “¡No, nada de eso! ¿Para qué?”.

¿A usted le gustaría ser el primer presidente araucano?

¡No! -ríe-. Pero tengo la esperanza de que cada vez haya más indígenas preparados para ejercer cargos políticos.

Regresemos al tema anterior. ¿Por qué fue designado a la sede diplomática en nuestro país?

Porque, en proporción, Guatemala tiene la segunda población indígena más numerosa en América Latina, después de Bolivia. Con mi participación, el objetivo era fortalecer los vínculos ancestrales que tenemos en común y, por supuesto, afianzar las relaciones diplomáticas que tenemos acá y en el resto del Istmo.

Al venir a Guatemala, ¿cuáles fueron sus primeras impresiones?

Que la gente es bastante afectuosa. Aquí todos saludan, lo cual contrasta con el típico chileno, caracterizado por un individualismo terrible. En este país también me impresionó encontrar a una gran cantidad de personas con energía y capacidad, más consciente  de  cuestiones políticas y con ansias de justicia y transparencia.

¿Le impactó ver la pobreza existente?

Sí, en varios lugares. En Jalapa, por ejemplo, vi casas al borde de un precipicio, cerca de basureros y sin servicios sanitarios.

¿De qué forma ayudó la cooperación chilena a la sociedad guatemalteca en los cuatro años anteriores?

Se implementaron proyectos medioambientales y se apoyó en materia de educación, desarrollo social e intercambio cultural.

¿A qué se dedicará al regresar a su país?

Retomaré mis actividades académicas enfocadas en el trabajo social, así como a hacerme cargo del Observatorio de Derechos de los Pueblos Indígenas, impartir conferencias y reintegrarme al ámbito político.

¿Recomienda visitar Chile?

¡Uy, sí! Mi abuelo mapuche me contó una historia. Decía que luego de crear al mundo, Ngenechén, el ser espiritual más importante de nuestro pueblo, vio que le habían sobrado muchas cosas -montañas, ríos, lagos, volcanes, etcétera-y no sabía qué hacer. Entonces agarró todo eso y lo lanzó al final del mundo. Así nació Chile, un país con forma de tallarín donde no hace falta nada, pues tenemos bosques, desiertos, calurosas playas, la excepcional cordillera de Los Andes, los impresionantes glaciares, valles termales, y extensos viñedos y demás sembradíos.

Acláreme algo: ¿de dónde es el pisco sour?

Respecto de eso, tenemos una amistosa controversia con Perú -ríe-. Los chilenos tenemos una enorme producción de ese aguardiente pero, por alguna razón, la invención del pisco sour siempre nos la disputamos con nuestros vecinos. Le diré algo: los dos son exquisitos./

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