Corregir para avanzar

Por Antonio Leal

Los datos de la Encuesta CEP son negativos, en primer lugar, para la Presidenta Bachelet y para su gobierno. Es verdad que no se puede gobernar para las encuestas, pero es también evidente que hay que escuchar estos resultados, analizarlos y sacar conclusiones para corregir errores e implementar las reformas estructurales en un contexto de apoyo de la ciudadanía.

En la baja del porcentaje de adhesión a Bachelet y en el aumento del rechazo, que se produce , en diversa dimensión, en todos los estratos, identidades políticas y especialmente en las mujeres, cuenta el bajo crecimiento económico de este año producto esencialmente de la desaceleración de la economía mundial que golpea a una de las economías más abiertas del mundo, la inflación y una crisis de expectativas que reduce el consumo de la población, retrasa inversiones y crea desconfianza en un país ya habituado a ritmos de crecimientos mayores.

Es evidente que la incertidumbre se ha instalado como un factor del desgaste del gobierno y de la Presidenta. Ello no solo ocurre en los grandes grupos empresariales sino también en las pequeñas empresas, en sectores medios y en la ciudadanía en general que no comprende a cabalidad cuáles serán los beneficios que para la población traerán las reformas.

Este no es solo un tema de debilidad comunicacional o de la necesidad de un mayor despliegue del gobierno en terreno, o de la falta de cercanía con la gente o de peso político de un gabinete donde buena parte de los ministros son aún conocidos por menos del 40% de la población.

Algo ocurre, en la manera de gobernar, o tal vez la agenda de los cambios sustantivos copa todo el escenario, en que los Ministros no salen suficientemente en los medios explicando pedagógicamente los objetivos, proyectos y realizaciones en su sector.

Por dar solo un ejemplo, no único, y que me perdone esta autoridad, pero nunca he visto al ministro de Bienes Nacionales, que paradojalmente es un muy buen periodista, en los medios hablando sobre lo que realiza en su cartera y, tal vez, ello explique que sea conocido solo por el 15% de los encuestados.

Todos estos hechos son ciertamente deficitarios y concentran en la Presidenta Bachelet – sin más blindaje que el del Ministro Peñailillo, que se ha posicionado con identidad propia en muchos temas, y de los demásintegrantes del Comité Político – la atención de las críticas dado que ella ha debido colocar su capital político y su empatía en la defensa de reformas fundamentales pero que adolecen de una adecuada formulación o que son incompletas y, por tanto, no son comprendidas a cabalidad, no logran dar ante todos los chilenos el sentido positivo del cambio que se impulsa, generando incertidumbre y rechazo incluso en un porcentaje de personas que votó por Bachelet, en medio, de una dura campaña comunicacional de una derecha y de un mundo empresarial que no desea cambio alguno.

Un ejemplo son las reformas educacionales. El fin del copago, del lucro privado con fondos del Estado y de la selección discriminatoria son ejes de esta reforma. Pero debieron haber sido acompañados por la propuesta de reforma de la educación pública porque de lo contrario no aparece claro el norte y ello confunde a la población que en la Encuesta CEP estima, en un porcentaje mayor al pasado, que esta reforma no los favorece y que teme, especialmente en las capas medias, perder lo que consideran un logro de calidad y de status en la educación de sus hijos.

Falta al gobierno rodear a la Presidenta de ese pulmón de oxígeno que entregaría el que los Ministros sectoriales, que están a cargo de temas que le interesan a la población en su vida cotidiana, aparecieran no solo cuando se cometen errores o hay alguna catástrofe, sino también informando de los avances, de los hechos positivos, de las medidas que cada cual está llevando a cabo para mejorar la calidad de vida, no solo material, de la población. Se necesita de mayor protagonismo político y comunicacional de todo el gabinete para mostrar globalmente lo que el gobierno realiza en beneficio del país.

Sin embargo, lo de fondo, tiene que ver, en primer lugar, con la falta de un relato político y social coherente que oriente el significado histórico, la meta de país que nos proponemos construir y que mantenga la épica de los cambios.

No hay cambios profundos sin contradicciones, sin rechazo de los sectores afectados en sus intereses, sin posibilidad de disminuir en las encuestas o tener bajas electorales en un  período de maduración de estos.

Pero no los hay tampoco sin que se cree en torno a cada uno de ellos, una fuerte subjetividad, una mayoría social que permanentemente los acompañe, un debate donde se escuche a los partidos y a las organizaciones sociales, un diálogo político que permita aprobarlos en el parlamento con fuerzas mayores a las propias. Hay una dialéctica entre apoyo ciudadano y diálogo político que es necesario recomponer.

Tal vez lo más preocupante de la Encuesta CEP para Bachelet y el gobierno no es la baja de adhesión y el aumento del rechazo, la Presidenta ya lo vivió en su primer período y terminó su gobierno con el 80% de adhesión ciudadana. Lo más preocupante es la baja en su credibilidad, en la confianza y en la cercanía que muestra la Encuesta dado que son atributos esenciales de Bachelet, que la hacen diferente, que le otorgan el liderazgo que ella ha tenido en estos años y que mantiene, pese a disminuir en porcentaje, como la figura con mayor apoyo en la política nacional.

La gente que se alejó de Bachelet, en esta Encuesta,  respecto de la valoración de sus atributos, siente que su gobierno no está dando solución a los temas del transporte en la región metropolitana, sobre todo con la crisis que ha vivido el metro en los últimos meses, que no se está abordando con energía el tema de la delincuencia y que no se mejora en el tema de la salud, que son grandes preocupaciones de la población.

Bachelet tiene la capacidad, la inteligencia, una gran experiencia, la enorme capacidad para ser naturalmente cercana a las personas y sus anhelos, y un capital político importante como para revertir estos sentimientos expresados por la población y que constituyen un mensaje de una mayoría que quiere cambios, pero que teme a la incertidumbre y que rechaza los signos de arrogancia y soberbia que por momentos envuelve la gestión del gobierno.

Ciertamente la derecha no puede sacar cuentas alegres de los datos de la encuesta. No solo no  logra canalizar la baja de adhesión de Bachelet y del gobierno sino que la población la castiga por la falta de ideas y de propuestas propositivas, por una política de enfrentamiento duro, por la incapacidad de   dialogar para hacer avanzar reformas, porque apoya todo lo que la población en su mayoría rechaza y aparece mezclada en los abusos y escándalos de las grandes empresas.

Por el contrario, al menos en esta Encuesta CEP, la baja presidencial es canalizada por liderazgos progresistas como el de Enríquez Ominami, que ha moderado su discurso y su irascibilidad, el de Isabel Allende y Lagos Weber, que son los que más avanzan, y que la gente reconoce por un discurso de sólido apoyo a la Presidenta, pero a la vez, como personajes que abren espacio al diálogo y al entendimiento en las reformas.

La Encuesta muestra que el político con más proyección en la derecha es José Manuel Ossandón, por encima del ex Presidente Piñera, que todos reconocen como un díscolo que se disocia de la política del terror de la UDI frente al gobierno. La Encuesta castiga duramente a Evelyn Matthei y a sus denostaciones en contra de Bachelet y rechaza la política de enfrentamiento provenga desde donde provenga.

La Nueva Mayoría tampoco puede estar satisfecha. Baja su adhesión y aumenta su rechazo y ello era esperable frente a la interminable cantidad de disputas, veleidades, frases altisonantes, lucha denodada por los espacios comunicacionales, falta de conducción política y de unidad de objetivos, que es esencial en un bloque que gobierna el país.

Hay que corregir para avanzar y escuchar las preocupaciones de la población en la cual aumenta el grado de desconfianza hacia los políticos y de interés en la política. Ello, sin duda,  es el mayor riesgo para la democracia.

 

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