Hay símbolos que dicen más que mil discursos. Algunos recuerdan una época por una canción, otros por una fotografía. Yo, en cambio, recordaré esta etapa porque un día se apagó mi notebook. No porque se acabó la batería. Se apagó porque ya no es prioridad.
Resulta un poco extraño escuchar discursos sobre igualdad, inclusión y movilidad social para terminar concluyendo que mi notebook aparentemente es un lujo.
Es interesante observar cómo cambian las prioridades. Lo que ayer era fundamental para el progreso, hoy parece un gasto prescindible porque la excelencia educativa también sufrió un ajuste.
Cuando creí que lo había reparado, formateado y reiniciado, volvió a apagarse. Con ello también se apagó la posibilidad de investigar, teletrabajar o prestárselo a mi hijo, porque era el único computador de la casa. Pero no importa, soy optimista, aunque el optimismo no paga internet.
Mientras tanto, la realidad tiene la desagradable costumbre de seguir ocurriendo. Tal como lo que antes era prioridad, hoy ya no lo es. Y justo cuando escuchaba palabras como excelencia, meritocracia y calidad educativa, mi notebook entró en modo ahorro de energía.
Lo curioso es que todo esto ocurre mientras el costo de la vida sigue jugando en primera división. La UF sube con disciplina envidiable y el combustible parece competir consigo mismo por alcanzar nuevos récords.
A propósito de campeones mundiales, los chilenos hemos desarrollado una habilidad extraordinaria: calcular precios mentalmente. Entramos al supermercado y hacemos más operaciones matemáticas que un ingeniero. Analizamos promociones, comparamos formatos y celebramos cualquier descuento como una victoria.
Hoy miles de personas viven con una sensación permanente de asfixia económica. El mes dura más, el sueldo dura menos y la pobreza avanza silenciosamente en familias que dejan de comprar ciertos productos, jóvenes que aplazan estudios y trabajadores que acumulan deudas para mantener cierta apariencia de normalidad. Porque la nueva pobreza no siempre vive en una mediagua. Muchas veces habita una casa con televisión, internet y tarjetas de crédito al límite.
A eso se suma un mercado laboral que parece haberse tomado una pausa. Menos empleos, menos oportunidades y más incertidumbre. Encontrar trabajo estable se parece cada vez más a buscar estacionamiento en diciembre: todos aseguran que existen espacios, pero encontrarlos es otra historia.
La política, mientras tanto, parece atrapada en una conversación eterna. Se discute mucho, se acusa bastante y se resuelve poco.
Y aquí aparece una contradicción fascinante. Hubo años en que algunos sectores apuntaban con fuerza a cada gobierno de turno. Una subida de precios o una crisis de seguridad eran motivos de indignación nacional. Un aumento de combustibles generaba protestas, declaraciones y análisis dramáticos sobre el fin de los tiempos.
Hoy, después de incrementos mucho mayores, algunos observan con una tranquilidad admirable. Lo que ayer era una catástrofe, hoy parece parte del paisaje. Lo que ayer justificaba protestas, hoy inspira explicaciones. Pero hay algo que no cambia: la realidad de las personas comunes.
La familia que llega con dificultad a fin de mes no pregunta quién tiene mayoría parlamentaria. El pequeño emprendedor que ve disminuir sus ventas no analiza teorías ideológicas antes de pagar proveedores.
La vida cotidiana sigue ocurriendo lejos de las consignas. Y mientras las oportunidades disminuyen, las complicaciones aumentan. La delincuencia se vuelve más violenta. La inseguridad modifica hábitos. Los barrios cambian. Las familias se repliegan.
Lo que antes parecía excepcional comienza a percibirse como normal. Y quizás ese sea el verdadero peligro de nuestra época: acostumbrarnos al silencio. Acostumbrarnos a la inflación, al alza permanente de los precios, a la inseguridad y a las promesas postergadas.
Porque cuando una sociedad se acostumbra demasiado, deja de exigir. Y cuando deja de exigir, deja de avanzar.
Por eso el problema no es que se apague un notebook. El problema es todo lo que representa. Una oportunidad menos. Una señal más de que los recursos escasean justo donde deberían abundar.
Mientras millones de chilenos enfrentan un desafío mucho más concreto: sobrevivir económicamente hasta el próximo sueldo. Buscan soluciones. Buscan llegar a fin de mes sin tener que elegir entre combustible, medicamentos, estudios o alimentos.
Al final, el notebook apagado no es una anécdota tecnológica. Es una realidad nacional. Y mientras observamos la pantalla esperando que vuelva a encender, la verdadera pregunta es si el país sigue cargando su batería en las prioridades o si simplemente nos estamos acostumbrando a trabajar sin energía y a oscuras.
Y cuando un país comienza a ahorrar justamente en las oportunidades, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que lo único que realmente se apagó no fue un notebook. Fue la confianza de quienes todavía creen que el esfuerzo será recompensado.

