Bachelet y el país complejo

Por Antonio Leal

Se ha dicho, con razón, que Bachelet regresa a un país distinto, con otra subjetividad ciudadana y, que hace que temas que hasta ayer eran aspiración de los núcleos avanzados del progresismo sean hoy parte de una agenda instalada, mayoritarios o al menos resistidos solo por los grupos más conservadores.

Hoy la mayoría del país cree que el Estado debe jugar un rol correctivo del modelo, un papel activo en resguardar los intereses del país y de la población, en especial de la más vulnerable y que el tema de un cambio drástico en la distribución del ingreso es central para decidir el futuro de Chile.

Creo que Bachelet representa el último voto de confianza de la ciudadanía, la última ocasión, para que desde el sistema político se introduzcan los cambios que permitan dotar al país de una democracia participativa, transparente, con instituciones elegidas con un sistema electoral que respete la soberanía popular y se den cambios de fondo en educación, salud y AFP que son los sectores más contestados por los chilenos.

Hoy buena parte de los chilenos es partidario de cambiar la Constitución Política dado que la actual tiene un vicio de origen que cuestiona su real legitimidad y mantiene normas y principios propios de la dictadura en la cual se elabora e impone. Hoy en el país hay más conciencia de la urgencia de cambios políticos. Cuando un 60 % del padrón electoral renovado por la inscripción automática se abstiene de votar, como ocurrió en las últimas elecciones municipales, nadie puede negar que Chile vive una crisis social muy extendida de confiabilidad en la política, los políticos y las instituciones que es grave y que no admite más dilaciones.

Mi opinión es que Chile cursa un malestar muy semejante al que se ha expresado en Italia en las últimas elecciones y donde un outsider de la política, un candidato de la antipolítica, como Beppe Grillo, obtiene de la nada, más de un cuarto de los votos e impide hoy que la centroizquierda, que ganó las elecciones con una mayoría disminuida por la aparición del “grillismo”, pueda constituir un gobierno.

Es más, creo que Bachelet representa el último voto de confianza de la ciudadanía, la última ocasión, para que desde el sistema político se introduzcan los cambios que permitan dotar al país de una democracia participativa, transparente, con instituciones elegidas con un sistema electoral que respete la soberanía popular y se den cambios de fondo en educación, salud y AFP que son los sectores más contestados por los chilenos. Equidad y fin a los abusos son parte de las exigencias de una sociedad dispuesta a participar directamente en la obtención de estos cambios.

Es decir, Bachelet regresa a una sociedad, que como ha ocurrido en buena parte del mundo, hay desafección e indignados y es cierto que ello se da en Chile en un momento de crecimiento económico, control de la inflación y existencia de empleos. Pero ello no es para nada paradójico porque se da, también, en medio de un modelo que mantiene bajos salarios, endeudamiento generalizado, un costo de la vida de país europeo, bajos impuestos a las grandes empresas, y, sobre todo, escasa participación de los trabajadores y de los diversos grupos sociales en las cuantiosas utilidades que empresas y bancos obtienen del declamado crecimiento económico.

Hoy incluso hay más concentración económica y más riqueza entre las diez familias más ricas del país, entre ellas la del propio Presidente Piñera, porque han centralizado en utilidades el crecimiento económico sostenido de estos años.

Este clima ha sido agudizado gracias al carácter empresarial de este gobierno, por la falta de rigor en la separación de los negocios privados y el ejercicio de los cargos públicos, por una negligencia absoluta en solucionar oportunamente los conflictos de intereses del Presidente, ministros y altos funcionarios. Por ello ha cundido la desconfianza y por ello el Presidente resiente de baja popularidad y de muy bajo aprecio en los llamados índices blandos, como el de la confiabilidad, credibilidad, cercanía, donde reprueba con nota de rechazo de dos tercios de la población.

Hoy, por tanto, hay más rabia acumulada en sectores amplios de la población. Hay más resentimiento frente al modelo económico y a la elite política. Hay signos de que si ello no se corrige con cambios más estructurales que en el pasado, puede producirse en Chile una explosión social y las condiciones para el desarrollo de un “grillismo” criollo en el plano político están completamente abiertas.

Bachelet retorna a un país más complejo pero en medio de un mundo que se ha complejizado en los últimos años y que requiere, por tanto, de respuestas complejas, globales y locales. Retorna a un país paralizado en materia de decisiones estratégicas en el ámbito de la energía, medio ambiente, agua, inversiones, tributación, todo postergado por un gobierno que a esta altura no toma decisiones para evitar pagar costos políticos.

Retorna a un país donde no se ha modificado el sistema binominal para elegir el Parlamento y aun cuando su enorme popularidad y la unidad de la mayor parte de la oposición puede contribuir a generar doblajes en senadores y diputados, el Parlamento no variará esencialmente en su composición y correlación de fuerzas y será un Parlamento donde Bachelet no tendrá la mayoría para superar los quórum que requieren los cambios más de fondo.

Sin embargo, Bachelet retorna también a un país donde la ciudadanía ya no está dispuesta a ser espectadora de los procesos o a aceptar consensos para cambios gatopardistas. Bachelet podrá apoyar sus propuestas de cambios en la movilización social, en la sociedad que se comunica, como receptor y trasmisor, a través de las redes y que crea nuevos tejidos y voces.

Esta es una diferencia esencial con el pasado y es una diferencia que fortalece a Bachelet que ya tuvo, en su anterior gobierno, la intención de un gobierno ciudadano. Refuerza su innata vocación de cambios, porque esta ciudadanía podrá volcar la balanza de los empates parlamentarios hacia las transformaciones progresistas. Ello determinará, también, la libertad y el poder con que contará Bachelet en la relación con los partidos, los grupos de poder, las castas políticas, puesto que es en ella en quien la mayoría de la población deposita su confianza y es ella, más que nadie en este momento histórico, quien tiene la llave de esta nueva sociedad porque se identifica con sus códigos y los comprende.

Pero no se trata solo de que Bachelet retorne a otro país más exigente y complejo. El país recibe también a otra Bachelet. A una mujer que ha vivido los cambios de los últimos años en todo el planeta desde el escenario privilegiado de su propio protagonismo internacional. A una mujer que ha adquirido prestigio en la ONU, en los gobiernos y ciudadanías de los más diversos países, que ha acumulado una experiencia enorme en el trabajo político por los derechos de las mujeres en el mundo. Una Bachelet más sólida intelectualmente, con más conocimientos de la sociedad del conocimiento y la imagen que nos cruza, con una ciudadana del mundo que retorna a su país a servir a los chilenos con la sencillez de siempre.

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