Por qué y para qué el PPD

En el último tiempo diversos actores han colocado en cuestión que el Partido Por la Democracia siga jugando un rol fundamental en la política nacional, pues a juicio de esos críticos la tarea del partido habría concluido con el Plebiscito de 1988 y el posterior retorno a la democracia.

A todas luces, lo anterior no puede estar tan lejos de la realidad y tan cerca de una concepción de una “política” trasnochada, que identifica el ejercicio de votar como el exclusivo acto que caracteriza y sustenta a una sociedad democrática.

Para el PPD el proceso de democratización de la sociedad es más profundo que acudir a la urna. A nuestro parecer, la democracia es una construcción permanente y multidimensional. Es, como lo demuestran los actuales debates en todo el mundo, una construcción de cambio hacia la inclusión política, social, económica y cultural, basada en principios como solidaridad, justicia y equidad. Esto en contexto de complejidad e interdependencia como norma de los fenómenos socioculturales y biológicos. En que la vida se parece a la dinámica de líquidos, donde todo se mezcla, colores, densidades y velocidad. Que nada es como se origina, que permanentemente se crea una nueva realidad, que contiene, pero que finalmente siempre cambia.

Quizás nuestro error ha sido no expresar claramente los nuevos desafíos de la democracia o –tal vez– dejar que quienes quieren que el mundo se conserve tal cual monopolicen los discursos, obstaculizando la profundización y ampliación de los procesos democráticos. Son precisamente ellos (y ellas), cómplices del statu quo y cargados de arrogancia, quienes insisten en que el PPD no debe existir porque el propósito de su fundación ya se cumplió. Acudir libremente a las urnas, siempre será un acto democrático, más aún en plena dictadura. Sin embargo, eso no es suficiente en los tiempos actuales. Hoy los desafíos de la democracia, en sociedades abusadas, desiguales y con graves problemas de valoración social, como la nuestra, son más complejos y diversos. En consecuencia, para enfrentar estos tipos de escenario la presencia de organizaciones sociales fuertes, como los partidos políticos, se hace cada vez más necesaria y no al revés, como algunos se han esmerado en plantear.

A riesgo de simplificar una mirada progresista de los desafíos de profundización democrática, desde el PPD planteamos considerar al menos tres elementos de análisis y uno relevante de gestión.

  1. Más democracia económica: la democratización de la captura de las ganancias y el poder

La relación capital trabajo y la consecuente estructura de poder, ha sido uno de los principales componentes del debate del progresismo. Son problemas centrales a resolver para una mirada de justicia social, desarrollo inclusivo y sustentabilidad. Desde Marx a Piketty, pasando por los estudios y consecuencias de la desigualdad de Stiglitz, han mostrado los efectos negativos sobre la legitimidad, inclusión y cooperación de la concentración del poder y la riqueza en el desarrollo de una sociedad. La riqueza del país necesita democratizarse.

Más aún, en una nueva economía centrada en la inteligencia y creación de conocimiento, es indispensable contar con mayores niveles de equidad. A nuestro juicio, las respuestas en estas materias no son binarias y (hasta ahora) no se encuentran ni en el neoliberalismo ni en la planificación central socialista.

Ejemplos de estos desafíos son el control de los monopolios, impedir la colusión, la intermediación digital de servicios y productos, integración en cadenas de valor territoriales de nuevos actores económicos, desarrollo de Pymes, entre otros.

Para ello, un desafío del progresismo es una adecuada mezcla de Estado, sector privado, trabajadores y ciencia.

  1. Mejor democracia institucional: la calidad de las instituciones y de los bienes públicos, es central para una democracia

En una sociedad democrática, parte sustantiva de su desarrollo se funda en la capacidad de las instituciones públicas, privadas y políticas de tener procesos transparentes, con reglas igualitarias, meritocráticas en su gestión y con adecuado balance entre tecnocracia y política. Con objetivos explícitos y resultados evaluados, acordes a su misión.

Asimismo, los bienes públicos, educación, salud, acceso a la justicia, procesos electorales, entre otros, requieren condiciones de acceso, calidad, financiamiento y equidad explícitas y progresivas. Estas deben ser priorizadas socialmente y financiadas de acuerdo a consensos sociales. Así, por ejemplo, una política de educación requiere ser parte de una estrategia de desarrollo nacional, consensuada como bien público, garantizada por el Estado, independientemente de quién ejerza cada función (regulación, provisión y control).

Así, tanto las políticas públicas de desarrollo, entrega de servicios y productos o regulaciones, como un aparato jurídico y legislativo y de control eficaz, eficiente y transparente, son factores que facilitan o retrasan el desarrollo de la sociedad.Nuevos bienes públicos, como una biblioteca digital abierta a los ciudadanos, con acceso a los mejores journals y libros, acceso online a las autoridades, para que el conocimiento no dependa de cuánto dinero o poder tiene la gente, son hoy requerimientos democráticos.

Cuando la institucionalidad pierde legitimidad, la regresión autoritaria o populista con sus desastrosas consecuencias, es una posibilidad cierta.

Para el progresismo el gerenciamiento de excelencia debe ser una exigencia en el diseño, la implementación y control. Así como la selección de los responsables técnicos y políticos es una exigencia de calidad técnica, transparencia y ética de la responsabilidad.

  1. Más democracia cultural: la cultura y creencias de la sociedad son determinantes del contenido de la democracia

El tipo de proyecto de vida o su ausencia son determinantes a la hora de valorar una sociedad y sus potenciales. Los valores sociales, las ideas y creencias, los factores culturales de identidad nacional y subnacional y no sólo la educación formal, son constitutivos de la identidad individual y colectiva. Entonces, una propuesta progresista no puede ser neutra, debe explicitar sus valores y objetivos. La inclusión, la cooperación y solidaridad, la ampliación de las libertades personales, la responsabilidad, el respeto a los DD.HH. y la rendición de cuentas, deben ser parte constitutiva e identitaria de una propuesta progresista.

Estamos en una disputa cultural dual, por una parte el liberalismo, la denominada cultura del Redbank, en la que predomina la inmediatez, la desconfianza, el temor, el individualismo. Una demanda por bienes públicos máximos, “para mí, aquí y ahora” y, por la otra, con la supuesta “izquierda auténtica”, que propugna transformaciones revolucionarias, asimismo “aquí y ahora”, con resultados también de carácter inmediato, pero con poca sustentación en el tiempo.

Estas formas de comportamiento son un desafío para una cultura progresista, centrada en la cooperación, la solidaridad, el esfuerzo, objetivos socialmente compartidos. Para cambios estructurales realizados democráticamente, con características progresivas y sustentables en corto, mediano y largo plazo, proponemos la re-evolución.  

La diversidad es parte de la construcción de riqueza sociocultural. El proceso no está completo mientras las regiones no tengan control sobre sus recursos, no existan indígenas en el Parlamento, o si algún género está sobrerrepresentado en las esferas públicas y privadas. El proceso está incompleto si los derechos y los deberes no estén debidamente equilibrados, si los niños y niñas se siguen desarrollando en contextos de abandono o si se continúan valorando liderazgos mesiánicos, basados en proyectos personales y en supuestas superioridades éticas.

Finalmente, a estos tres elementos debemos agregar el rol de la calidad del liderazgo como factor relevante en la gestión de los objetivos. Cada circunstancia histórica requiere de un liderazgo propio. Es indispensable para los progresistas ser capaces de identificar este liderazgo en cada momento y establecer mecanismos de seguimiento y adecuación. Liderazgo y equipos capaces son un desafío permanente, pues se trata de un factor que condicionará siempre el éxito o fracaso de una gestión.

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