Por qué el PPD es necesario

Hace un tiempo, una lúcida editorial de El Mercurio señaló que la crisis vivida en el PPD trascendía a ese partido, convirtiéndose en un “examen más a fondo de las ideas socialdemócratas” y que los intentos de perfilar algo distinto “estaban al debe respecto de la novedad conceptual de sus propuestas”. Asimismo, el columnista Carlos Peña, cuestionó al PPD por haberse quedado como un partido instrumental sin ideologías, y el ex Presidente del PPD, Pepe Auth, en declaración al mismo diario señaló que éste vive una crisis de identidad. Quisiera iniciar, por ahora una breve reflexión respecto a estas interrogantes.

 

El PPD nació con la fuerza democrática del NO y como bien lo dice su nombre, su ideología desde un inicio fue una afirmación “radicalmente democrática”, más allá de su rol instrumental inicial. Cosa no poca. Cierto, no es una ideología en el sentido de una ortodoxia completa y cerrada, y menos aún dogmática, pero si la base de una nueva doctrina.

 

La “revolución democrática” que caracterizó a la modernidad en cuanto a la legitimación de los principios de libertad e igualdad en el imaginario social como un nuevo sentido común, es la base de cualquier construcción política progresista. El PPD vive dos momentos que lo marcan, el inicial bajo el liderazgo de Ricardo Lagos y -luego- uno caracterizado por liderar lo que se ha llamado un conjunto de “nuevas demandas”, en el ámbito de los derechos de la mujer, la ecología, los consumidores, las minorías sexuales, de la regionalización, de los pueblos indígenas, en la libertad de expresión, en la libertad de culto, y múltiples otros derechos y libertades en salud, sexualidad, familia y otros, que apuntan a terminar con discriminaciones y abusos. Una nueva cultura democrática, que lleva los deseos de libertad e igualdad a un número crecientemente amplio de relaciones sociales, constituyendo una profundización en la “revolución democrática” antes señalada.

 

El PPD por años fue una verdadera luz del progresismo adelantándose audazmente a los tiempos, siendo con ello germen de una respuesta distinta, aunque –reconozcámoslo- no llegó nunca a una reconceptualización más acabada de un proyecto político e identidad, que tanto necesita hoy la socialdemocracia en todas partes.

 

Cuando en el mundo lo único consagrado y a firme es la democracia, más allá de sus crisis y limitaciones actuales, la pregunta que surge es ¿Cuál es la sociedad coherente con ella?. Luego del fracaso del “totalitarismo de estado” y del reciente fracaso del “totalitarismo de mercado” queda una gran ventana abierta para responder esa pregunta. ¿Cuál es la estructura económico- social y el tipo de desarrollo que puede llevarnos también a una “sociedad democrática”?. Someramente podríamos imaginar qué es una sociedad más igualitaria y menos discriminadora, pero también una sociedad más “ecológica” y una sociedad más “amorosa”.

 

La socialdemocracia es sin duda la fuerza progresista más relevante del siglo XX, pero hoy se encuentra en crisis de identidad y cuestionada por el surgimiento de múltiples alternativas a su alrededor. Su crisis está marcada por una dificultad para interpretar bien a las nuevas sociedades surgidas las últimas décadas y para ponerse en la avanzada de los grandes cambios epocales, en vez de ser arrastrados por ellos. Y -al mismo tiempo- por su incapacidad de realizar cambios profundos en el marco de la globalización, al aceptar el orden actual como el único posible al que sólo se puede administrar de un modo más humano.

 

¿Qué se puede hacer?. Aspirar a un progresismo más transformador, con un “reinicio o reseteo” de la socialdemocracia ¿Cómo?:

 

Generando una nueva síntesis cultural de esta tradición que estuvo basada en la convergencia de las vertientes de pensamiento socialista y liberal, con la visión “new age”. Si bien originalmente esta última fue vista como “exotérica”, hoy constituye pensamientos acabados con gran influencia en el cambio de mentalidad actual. Tanto el cuestionamiento a la “sociedad patriarcal” iniciado por el feminismo, como la mirada ecológica y los nuevos paradigmas del desarrollo, que cuestionan la “religión del crecimiento” para poner en el centro la felicidad, el bienestar, la convivencia y la vida buena, constituyen todas ellas verdaderas ciencias o cuerpos de conocimientos estructurados.

 

Luego ésta debe recuperar su carácter reformista, elaborando una alternativa creíble frente al orden neoliberal e impulsando reformas institucionales a gran escala, al mismo tiempo que crea condiciones internacionales para respaldar esas reformas, frente a la situación de desventaja en que se encuentran los estados nacionales ante el poder de las trasnacionales.

 

Se necesita para esto ser culturalmente radicales y políticamente moderados. ¿Por qué?. Porque es lo compatible con la democracia. Alguien dirá que eso atenta contra el cambio. La historia reciente muestra que la radicalidad política extrema lleva sólo a cambios efímeros, con graves involuciones o a deformaciones drásticas y tristes, poco defendibles. Las transformaciones profundas sólo resultan cuando son sostenibles y sistemáticas, para lo cual se requiere mayorías duraderas y cambios en la mentalidad de las personas.

 

Cómo se hagan los cambios es decisivo en los resultados y su permanencia. El camino, los modos y las formas más que los fines parecen ser lo que garantiza la profundidad y sostenibilidad de las transformaciones.

 

He ahí la tercera característica de un progresismo reformulado. Se podrá decir que es un desafío de la política toda, frente a la sociedad de la información y sus exigencias de transparencia y probidad. Pero la decencia puede ser justamente una “seña de identidad” del progresismo del siglo XXI, reencontrándose con tantas historias de ética, épica y estética que marcaron este mundo en el pasado.

Y sobre todo coherencia con la forma más importante de todas: el protagonismo de las personas individual y colectivamente hablando, llámese esto último comunidad, ciudadanía, sociedad civil, movimiento social, el pueblo o la gente.

 

En fin, el PPD es necesario porque claramente enriquece con un aporte propio que ningún otro agrega al mundo de la centro izquierda, haciéndola más diversa, y, también porque la reinvención del proyecto socialdemócrata en Chile tiene en este Partido su mejor avanzada mental, creativa, innovadora, libertaria y con la actitud requerida para impulsarlo proactivamente.

 

La pregunta natural es si el PPD será capaz de rehacerse para volver a iluminar en esa dirección tal como lo hizo antes.

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